Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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cómo se llama... ¡Perdido!... ¡Estoy perdido!... ¿Qué hacer?... ¿Iré a Belle-Isle? ... Sí... ¡Y Porthos, que va a
quedarse aquí, y a hablar, y a contárselo todo a todos! ¡Porthos, que tal vez va a padecer!... No, yo no quie- ro que Porthos padezca. Es uno de mis miembros; su dolor es mi dolor... Porthos partirá conmigo, seguirá
mi destino, fuerza es que lo siga.
Y temeroso de encontrar a alguien a quien su precipitación pudiera parecer sospechosa, Aramis subió la
escalera sin ser visto.
Porthos apenas regresado de París, dormía ya el sueño del justo. Su gigantesco cuerpo olvidaba la fatiga,
así como su cerebro el pensamiento.
Aramis entró ligero como un espectro, apoyó su nerviosa mano en el hombro del gigante, y dijo en voz
alta:
--Porthos, levantaos.
Porthos se levantó y abrió los ojos antes de haber abierto su inteligencia.
--¡Partimos, --dijo Aramis.
--¡Ah! --exclamó el gigante.
--A caballo y más veloces que nunca.
--¡Ah! --replicó Porthos.
--Vestíos.
Aramis ayudó a su amigo a vestirse, y le metió en el bolsillo su dinero y sus diamantes.
En esto un ligero ruido llamó la atención de Herblay, y al volverse y al ver a D'Artagnan en el vano de la
puerta, se estremeció.
--¿Qué diablos estáis haciendo ahí tan conmovido? --preguntó el mosquetero.
--¡Chitón! --dijo el gigante.
--Partimos en comisión, --añadió el obispo.
--¡Qué dichosos sois! --repuso D'Artagnan.
--¡Valiente dicha! --dijo Porthos. --Me estoy cayendo de fatiga, y en verdad preferiría dormir; pero el
servicio del rey...
--¿Habéis visto al señor Fouquet? --preguntó Aramis al gascón.
--Sí, hace poco, en su carroza.
--¿Qué os ha dicho? Adiós.
--¿Nada más?
--¿Qué más queríais que me dijese?
--Escuchad, --dijo Aramis abrazando al mosquetero, --vuelve a brillar el sol para vos: en adelante no
tendréis que envidiar a nadie.
--¡Bah!
--Os predigo para hoy un acontecimiento que mejorará en tercio y quinto vuestro estado.
--¿De veras?
--Ya sabéis que yo estoy al corriente de noticias.
--Sí, sé.
--Porthos, ¿estáis?
--Partamos, --exclamó el gigante.
--Y abracemos a D'Artagnan, --añadió Aramis.
--Con toda el alma ¿Y los caballos?
--No faltan aquí, --repuso el gascón. --¿Queréis el mío?
--Gracias, Porthos tiene su caballeriza. Adiós D'Artagnan.
Los dos fugitivos subieron sobre sendos caballos y en presen cia del capitán de mosqueteros, que tuvo el
estribo a Prothos y acompañó a sus amigos con la mirada hasta que los hubo perdido de vista.
--En otro tiempo, --murmuró D'Artagnan, --hubiera dicho que esos hombres huían; pero en la actuali-
dad está tan cambiada la política, que a eso le llaman ir en comisión. En buena hora sea. Vamos a nuestros
quehaceres.
Y el gascón entró filosóficamente en su alojamiento.

CÓMO SE RESPETA LA CONSIGNA EN LA BASTILLA

Fouquet, mientras su carroza lo llevaba como en alas del huracán, se estremecía de horror al pensar en lo
que acababa de saber.
--¿Qué hacían, en su juventud esos hombres prodigiosos, --decía entre sí el superintendente, --si en la
edad madura todavía tienen fibra para idear tales empresas y ejecutarlas sin pestañear? A veces, Fouquet se preguntaba si cuanto le contó Herblay no era un sueño, y si al llegar él a la Bastilla
no iba a encontrar una orden de arresto que le enviase adonde el rey destronado.
En esta previsión, el superintendente dio algunas órdenes selladas por el camino, mientras enganchaban
los caballos, y las dirigió a D'Artagnan y a todos los jefes de cuerpo cuya fidelidad no podía ser sospechosa.
--De esta manera, --dijo entre sí Fouquet, --preso o no, habré servido cual debo la causa del honor.
Como las órdenes no llegarán a su destino antes que yo, si vuelvo libre, no las habrán abierto, y las recobra-
ré. Si tardo, será señal de que me habrá ocurrido alguna desgracia, y entonces nos llegará socorro a mí y al
rey.
Así preparado, el superintendente llegó a la puerta de la Bastilla después de haber recorrido cinco leguas
y media en una hora.
A Fouquet le sucedió completamente lo contrario que a Aramis. Por más que se nombró, por más que se


 

 
 

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